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47. Café

15 Jan

15 de Enero, 2010

Me siento un momento a meditar, el vaso lleno –bueno, no, sólo un poco más allá de la mitad- me mira humeante con su líquido oscuro, enervante, de aromas mágicos e hipnotizantes.  Veo el pasado reciente en un pestañeo, analizo recuerdos y buenos momentos.

Vaya que he vivido bien, he viajado, leído, escrito, escuchado música de doquier; disfrutado películas que me acercan a culturas y países que quizá no visitaré. He reído, llorado y amado también. ¿Quién diría que todo esto ha pasado y apenas tengo veintiséis?

Tomo el vaso y me caliento las manos con él –térmico, de cartón-, “Channel Islands” rotulado en su piel. Un sorbo hirviente me recuerda tantas cosas, lugares y personas que ya no he vuelto a ver. Fantasmas de otros tiempos, esqueletos en el closet, gente que quisiera no haber podido conocer. Doy otro más –uno largo, esta vez- y el calor me inunda sofocando mi garganta, abrasando mi interior; me rindo ante la dicha de este placer. Te recuerdo ahora en un invierno tan frío tan helado y divertido, con viento, niebla y a tan sólo 3 grados. Te pinto en mi memoria con cobijas por docenas –una sobre otra- que nos cubrían de un clima intempestivo y vengativo.

Un sorbo más y el calor ya es amigo de mi paladar. Te imagino sonriendo mientras danzas al caminar, con un público tan rimbombante que va desde Cuauhtemoc hasta Gibran, pasando por Loreto, Shakespeare, Victor Hugo y Bucarelli; personalidades impactantes, expectantes y sagaces admirando cada ángulo de nuestras representaciones de las esculturas de Dalí, de Rodin.

Doy el último trago, dispuesto a caminar, el cielo se obscurece –por lo menos en el vagón de la memoria- y tomo el último tren que parte con destino a la alegría. Camino por sus vagones desde el último hasta el cuarto, que es donde me detengo, he visto alegría del pasado, disfruto la del presente. Te llevo como un retrato bien guardado en la cartera de mi mente. Mis maletas se han hecho livianas, pues el camino al vagón siguiente está solo a unos pasos adelante (como me enseñó mi abuela María “camina siempre de frente, anda siempre sonriente”) así que transbordo y mientras tiro el recipiente de un café caliente qué, como tú, no necesito tenerlo entre mis manos para tenerlo siempre conmigo, siempre presente.

Aúpa. De frente. Siempre sonriente.


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