Rapiña
4/03/2008
5 horas… 5 horas han pasado y se me han hecho una eternidad.
No me queda agua, y sigo sin poder ver algún signo de civilización o algo parecido. Esto me gano por querer complacer a mis hijas. “¡Llévanos a la Isla papá!”; dios, porque no tuve unas niñas normales. Bien decía mi padre, “no te cases con esa mujer, está loca”, pero yo era muy joven, ingenuo y estúpido, simplemente me interesaba remojar la brocha, ¿me entienden?, y, cuando quedó embarazada de nuestras gemelas, lo aproveché como una oportunidad de oro para escapar de casa.
Ahora que lo pienso, nunca quise en realidad a Esther, ni cuando nos casamos, mucho menos cuando murió. Más que dolor, un sentimiento de liberación corría por mi alma. Creo que extraño más a su hermana,
Rita. ¡Qué buena estaba!, lástima que desde que murió Esther, ya no viene de visita a la casa. De hecho nadie nos visita ya. Todo mundo habla pestes de mis niñas, creo que no las conocen tan bien como yo, bueno en realidad nadie las conocerá tan bien como yo hasta dentro de unos años. Nadie más puede saber lo tersos que son sus muslos, lo bien torneadas que están sus piernas para tener apenas 16 años.
Nadie conoce nuestras “noches familiares”, esas que Esther tanto odiaba. Nunca le gustó que las niñas la encadenaran; nunca aprendió a disfrutar el placer del dolor. Pobre Esther, ¿quién iba a pensar que las niñas la odiaran tanto?
Creo que a ellas no les gustaba compartir mi amor con su madre. No las culpo, ella siempre fue la aburrida.
Siempre se quejaba.
Si no se hubiese quejado tanto toda la vida, no hubiera sido necesario que le hubiésemos puesto la máscara con cierres. No hubiera tenido que haber muerto sofocada mientras las gemelas ponían pinzas en todo el cuerpo de su madre.
Pero bien, estoy divagando, no tiene caso recordar todas estas cosas ahora. Tengo que enfocarme en salir de este lugar. Malditas gemelas. Me van a pagar esta. Primero las colgaré de las cadenas del techo y dejaré caer cera caliente sobre sus pechos. ¡No! No puedo hacer eso, a ellas les encanta. Es tan difícil buscar un castigo para esas dos. Ya se me ocurrirá algo con el tiempo.
¿Cuánto tiempo ha pasado ya? Comienza a oscurecer y no se ve nada que pueda servirme de ayu- ¿qué es eso? ¿Antorchas?
-¿Hola? ¿Alguien me escucha? ¡Necesito ayuda, estoy extraviado!
-Si papá, te escuchamos. Pero no creemos que te vayamos a ser de mucha ayuda, sino todo lo contrario.
—
Despierto entre un fétido aroma a descomposición y sangre seca. Mis manos están atadas detrás de mi espalda.
Trato de ajustar mis pupilas a la poca luz existente, solo para descubrir cuerpos de animales que supongo son ovejas o algo parecido; en verdad no creo que tenga tiempo de pensar en eso, debo tratar de levantarme y buscar una forma de salir de— unh!
El dolor impide moverme, tengo una especie de varilla atravesada a la altura de mi hígado, no la había notado hasta que comencé a moverme. Siento un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo, estoy inmovilizado. Grito con todas mis fuerzas, pido ayuda, clemencia. La única respuesta me la doy yo mismo, enjugando lágrimas en un llanto mudo. El dolor y el pánico me hacen su presa mientras que los gases de los animales en putrefacción comienzan a afectar.
Me siento mareado, aunque a estas alturas no sé si sea debido a los gases o al dolor. Escucho pasos y risas que sé que están cerca pero se sienten tan lejanas.
Trato de enfocar la vista y ver a mis asaltantes, aunque ya sepa quiénes son.
Comienzan a arrastrarme hacia lo que parece ser una fogata.
Creo que estoy más allá de los límites humanos del dolor, pues ya no lo siento. Ahora la luz hace daño en mis ojos, pero por lo menos puedo ver de nuevo, me horrorizo viendo mi propio cuerpo desnudo, golpeado, con cortadas y gusanos y demás parásitos en mis heridas abiertas; el aire aquí es un poco más limpio, el mareo comienza a pasar, pero el dolor regresa. Grito de nuevo y esta vez recibo una patada cerca de donde se encuentra la varilla que me hace escupir sangre.
Ya no tengo fuerzas para siquiera poder gritar, trato pero solo se escapan jadeos. Mientras el dolor recorre mi sistema nervioso una y otra vez me doy cuenta de algo: hay otra persona en este lugar además de mis hijas.
No puedo verla bien, trato de enfocar mis ojos pero no lo logro, el dolor ha ennegrecido mi vista, así de escucharlo que vocifera. ¿Balbuceos? ¿Otro idioma? No. Simplemente no puedo escuchar tampoco ya.
Me levantan entre los 3, pero el dolor me dobla y caigo de nuevo golpeándome la cara. Creo que me rompí la nariz, pues siento algo tibio escurriendo por ella. Me levantan de nuevo y esta vez me agarran y me fuerzan a caminar. No puedo.
Creo que una parte de mí ya está muerta, pero el resto de mi cuerpo se niega a rendirse o aceptarlo.
Creo que estoy recostado en una piedra, amarrando mis piernas y manos, estirándolas tanto que pienso que las arrancarán de mi.
Ya no grito, ni siquiera jadeo, ya no puedo más. De pronto, comienza a haber más luz. Me doy cuenta que estamos a la intemperie, la luz es el sol. Está amaneciendo y eso de alguna forma me permite ver mucho mejor.
Mi visión es clara ahora volteo a donde me lo permite mi posición y veo a una de mis niñas, trato de decir algo y solo escupo sangre.
¡No tengo mi lengua!
¿En qué momento pasó eso? siento ahogarme con la sangre que hay dentro de mi boca. Ella se da cuenta que vuelvo a ver y corre por los demás.
- ¡Ya despertó el hijo de puta!
Genial, puedo escuchar y ver de nuevo, pero ya no puedo hablar. Los veo venir, mis dos hijas y un desconocido encapuchado, el cuál comienza a hablar y hace que por un momento la sangre que siento en todo mi cuerpo se sienta helada.
-Que bien que puedes ver de nuevo y por lo visto entender también.
Lloro y doy gritos guturales entre espasmos que me provoca el ahogarme con mi propia sangre.
- Queríamos que nos vieras a las tres por una última vez. Vamos niñas, hagan que su padre se vaya con una grata imagen suya.
Se desvisten ante mí, como tantas veces hice que lo hicieran, pero ahora no me excita, me da asco. Asco al verlas allí paradas con sus cuerpos casi perfectos con mordidas, golpes, cicatrices y marcas que yo les hacía.
Me da asco, me doy asco.
Las convertí en el monstruo que soy. Lloró por última vez mientras se arrodillan cerca de mí y me susurran al oído: “gracias por cuidarnos cada noche papi, esperamos que te guste vernos por última vez”.
Siento sus dedos suaves y delgados se incrustan en mis cuencas oculares. De un momento a otro ya no veo nada.
Las gemelas me han arrancado mis ojos. No dolió como hubiese pensado que lo haría, o tal vez mi cerebro ya no procese el dolor.
- Es hora de irnos niñas, lo demás lo deben terminar las aves de rapiña.
Era Rita, mi cuñada, me imagino que las niñas le contaron lo que sucedió con Esther, o quizás alguna carta que haya dejado mi esposa; tal vez fue Rita misma que encontró los vídeos en mi casa. No importa ahora. No, a estas alturas, con mi destino sellado, ¿Qué más da?
Se ha dicho