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007. Cinco listones de seda

24 Oct

Cinco listones de Seda

17/03/2009

La luz de la luna llena atraviesa como navaja las cortinas tan transparentes como mis intenciones de esta noche.
Y allí estás: recostada, pulcra y sincera.

Cual virgen entregada a un dios pagano.

Un sacrificio, un sacrilegio, un sortilegio antiguo y primigenio para el dios primero, para el dios del deseo.

Y heme aquí deslizándome por las sombras, sigiloso y furtivo; con el alma hecha un hilo.
Y heme aquí acercándome con malicia, con la conciencia de un verdugo, el ansia de un ejecutor y la sed de sangre del experto cazador.

Con cinco listones de seda te preparo:

Uno y dos:

Muñeca izquierda, muñeca derecha.

Tres y cuatro

Tobillo izquierdo, tobillo derecho.

Te amarro con vehemencia  (y mi respiración tiembla)

Te aferro a la cama extendida, entregada y sumisa (y tu respiración aumenta)
Te beso por encima de los listones:

Uno, dos, tres y cuatro.

El quinto de ellos, aun en mi poder, lo coloco sobre tus ojos sumergiéndote en un abismo de incertidumbre, de abandono, de una innegable anticipación al placer.
Envuelta en tu sin saber, comienzo con tu tortura, con tu entrega a la lujuria, con el robo de tu humanidad.

Tomo una pluma de ganso que transporto por tu núbil piel, erizando a su paso, dejando rastros de un fuego naciente, de calor interno, de deseo tangible e invisible a la vez.  La pluma viaja desde tus labios, jugueteando en sus comisuras, regodeándose en sus formas

Perfectas
Redondas
Carnosas
Y suculentas

Y se detiene en su jugueteo y comienza su inevitable camino con dirección sur, deslizándose por tu cuello

Lento
Lento
Lento
Despacio
Y sin prisas
Y de pronto sin que tus sentidos te permitan entenderlo, ya se encuentra paseando por tus pechos provocando un torrente interminable de emociones. Con unas ganas irreprimibles de ser libre de esos 5 listones de seda que te dominan, que te entregan.

Adivino tus gestos y los movimientos de tu cuerpo que se dobla y convulsa intempestivamente.

Sonrío mientras abandono la pluma y doy un rápido vistazo a la mesa de utensilios que se presenta a mi merced. Examino las posibilidades y al final me decido por el vino espumoso alemán. Tomo la botella y la descorcho en un santiamén, vierto un poco en una copa y de la copa a tu piel.

Es tu vientre el recipiente, más perfecto no puede ser. Bebo en ti y bebo de ti. Un sorbo de tu ombligo. Un trago de emociones y sentimientos que florecen al rozar la punta de mi lengua por el camino que el vino a surcado  e indicado con señales de exceso sugeridas, un  camino sin retorno cuyo destino es por ambos conocido.

El helado líquido enervante, se entibiase casi al contacto contigo pues de tu cuerpo emana un calor que desconoce cualquier tipo de frio. El vino continúa resbalándose, rio abajo, a paso lento. Sigo la gota con la mirada, se dirige hacia tus pliegues bañándote en estupor. Por un momento me olvido de todo, me pierdo en aquella etérea visión: Tan suave, delicada y de muy buen aroma lo cuál me incita a devorarte para conocer tu sabor.

Despierto de mis sueños para dejar la copa de vino en la mesa y la botella de nuevo en la hielera. Es allí cuando sonrío de nuevo y tomo un hielo de esta, me arrodillo ante la cama, y paso el hielo por tus muslos. Sueltas un pequeño grito. Lo muevo en círculos pos tus piernas bajando hasta llegar a tus pies. Tomo el hielo ya deformado por tu piel y el calor que hizo efecto en el, lo meto en mi boca y comienzo a pasarlo de nuevo, desde tus dedos con esas uñas pintadas de carmesí, hasta tu entrepierna, la cual suavemente separo con mis dedos permitiendo descubrir tu clítoris palpitante, deseoso de atención, con un color que solo significa placer.
Y así, ya con el hielo desecho, pero con la lengua fría y entumecida lo golpeo suavemente y mis labios lo aprisionan, lo muerden. Mi boca te succiona, besa tus labios y los acaricio con mi lengua. Mi lengua que te penetra y te disfruta. Tu gozo es un halago para mi, vale más que mil palabras. No necesitas hablar para decirme “sigue, lo haces muy bien”; no tus contracciones, tu respirar, tus movimientos de la pelvis y ocasionales gritos me lo dicen a mil voces. Has acabado cuatro veces desde que la pluma te comenzó a recorrer, pero aun falta la quinta, la gloriosa, por la que me llamaste ayer.

Recuerdo en ese instante lo que siempre me dicen “tienes manos de mujer” lo sé. Y es por eso que soy tan bueno en esto, solo las mujeres se pueden permitir con sus dedos largos y delgados alcanzar de manera delicada ese punto oculto que no se sabe ver, pero que al encontrarle y tratarle con cuidados y bien, te debe hacer estallar en placer.

Introduzco mi dedo índice, despacio, hasta el fondo. Adentro lo arqueo un poco y  muevo la punta en círculos hasta encontrar aquel tesoro encarnado, bañado en pletóricos jugos que brotan de tu interior. Comienzo a rascar, no con la uña, sino con la yema. Despacio, con cautela y suavidad, como si a un gato acariciase. Es tu primer encuentro con esa parte de ti que hasta entonces desconocías, y eso se puede ver en cómo dejas de respirar, abres la boca extasiada y cierras tus manos en puños mientras los dedos de tus pies se encogen. Es algo nuevo, algo que nunca pensaste saber.

Sueltas un suspiro mientras yo continúo acariciando tu interior, y es entonces, cuando veo el reloj. Son las 9:36, tu marido no tarda en volver. Me debato entre las opciones y decido la más rápida y efectiva.

Mi dedo índice continúa su lento movimiento dentro de ti, mientras mi lengua te abruma con largos ataque sobre tu clítoris endurecido y mi mano izquierda se acomoda para con mi dedo meñique acariciarte y penetrarte por ese lugar que siempre consideraste inviolable, que a tu esposo aun después de 7 años de casados te has negado a entregarle. Ese pequeño orificio, es ahora mío, como lo eres toda tú.
Y así, por tres lugares diferentes, te comienzas a correr. Tus suspiros y gemidos son explosivos y seguro se escuchan por doquier. No te importa, a mi menos, solo quiero verte estallar.

Terminas en un grito, elevando la cadera, en un “ya, ya basta por favor, no más… ya” y sonrió de nuevo. Me incorporo y me abotono la camisa, mientras te veo exhausta, inerte, parece que has muerto y vuelto a renacer. Desato uno, dos, tres, cuatro y cinco listones de seda y me miras otra vez. Me sonríes y me preguntas la hora.

-Son las 10 menos 10.

“Mi marido ya no tarda” me dices, y muestras en tu cara una sonrisa satisfecha sin nada más que decir, mientras te incorporas y te diriges al buró para extraer de su cajón una chequera donde expides el monto acordado en nuestra llamada y lo firmas con presteza, aunque tu mano tiembla al entregarlo, mientras me miras como no atreviendo a preguntar lo que mi instinto sabe de antemano. Tomo el cheque, te sonrío por última vez y con reverencia de cabeza, te contesto esa pregunta jamás formulada que no sientes en confianza de hacer.

-Me puede llamar de nuevo cuando quiera Sra. Marie, ha sido un gusto enorme, espero nos volvamos a ver.

Desaparezco por la puerta de la habitación, salgo por la puerta principal y siento las miradas de los empleados clavarse cual estacas a mis espaldas, pero no me importa, estoy acostumbrado a eso y más.

Abordo el Zagato, arranco y en el sistema de sonido se escucha “let the sunshine in” y suspiro, mientras me digo “otro día de trabajo son  otros veinte mil, algún día tendré lo suficiente para dejar esta vida”. Estoy mintiéndome, pero bueno, eso ya lo sé.

006. Una Puta

24 Oct

Una Puta

11/03/2009

De pronto me quedé allí sentado de nuevo.

Mente en blanco.

Máquina de escribir mofándose de mi falta de musa.

Una pila de hojas esperando con ansias ser despojadas de su pureza blanca.

Con un carajo. Estoy vacío, nada se viene a mi mente. Meto una hoja, la alineo a mis acostumbrados 4 cm de margen superior, y comienzo a golpear con violencia las teclas que se niegan a bajar de buena forma.

“En su lecho de muerte, Houst me revela lo impen…”

- ¡NO, Eso es una mierda!

Arranco la hoja con odio que extrapolo a una débil hoja, haciéndome sentir poderoso en esa demostración inútil contra un enemigo oprimido y que nunca jamás podría oponer resistencia alguna.

Me levanto y en otro ataque de frustración escupo a la máquina de escribir, la vieja Remington De Luxe 5 del abuelo Yong. Maldigo contra ella, como si fuese la causante de mis problemas y falta de inspiración. Iba a arremeter de nuevo en su contra, pero una respiración profunda y exclamar en voz alta “¡CON UNA CHINGADA!” hacen que dé la vuelta sobre mis pies y camine hacia la puerta mientras hurgo en mi pantalón buscando esa cajetilla maltrecha de Lucky Strikes.

-Quedan dos -, me digo a mi mismo mientras enciendo uno de ellos, el que mayor huella de maltrato tiene. Me tiemblan las manos, con el cigarro aferrado sin fuerzas. Sigo caminando y llego al jardín, cuyo verdor contrasta de manera total con mi gris existencia en ese momento. Termino mi cigarro de prisa, en la última calada pretendo aparentar ser un desgraciado, por lo que mi mente le dice a mi tonto cuerpo que apague el cigarro en mi lengua.

Para mi sorpresa, no siento nada, y algo se forma en mis labios. Algún arqueólogo especialista en momias, fósiles, o vaya el diablo a saber, habría dicho “es como si hubiera aparecido una sonrisa”, pero no hay ninguno a la mano para poder corroborar dicha afirmación. Mientras tanto, enciendo el último cigarro,  que me recuerda de manera jactanciosa que no tengo más dinero que lo necesario para terminar la semana. No más dinero para cigarros o películas si quiero tener dinero para la gasolina y el alcohol barato al cual me estoy acostumbrando.

Me despierta de la pesadumbre en la cual yo solo me he metido el escuchar On the Streets I ran de Morrisey. Mi celular desde la sala de estar me hace levantarme dando pasos de muerto en vida, arrastrando los pies y el alma al caminar.

- Si, ¿bueno?

- Cristhian, que bien sigues vivo.

- Raquel, que maravilla, siempre con el comentario adecuado. – Digo entre dientes, mientras me pregunto por qué demonios no la he despedido.

- Las ventas del último libro han sido mostradas, han sido tan buenas que ya han pedido otra edición. Incluso los de la Editorial me preguntan si tienes planes para sacar un tercer libro.

- El trato eran dos y después de eso me dejarían publicar la novela que siempre he querido, así que (…)

- Si bueno, respecto a eso- me interrumpe – tú sabes. Ellos van a cumplir el trato pero tiene ya un año que comenzaste a escribir tu novela, y pues, hasta el momento no les has entregado ni el título, mucho menos una reseña de las ideas que tienes para esa obra. Así que ellos sugieren que mientras te inspiras, sería genial que hicieras un tercer libro que hable de cómo ser exitoso en estos tiempos de crisis económica. Mira que la gente está tan desesperada que comprarían eso como pan caliente, sería un Best Seller en cuestión de semanas, incluso días. Digo, tienes todo el respaldo de tus libros anteriores, “Supervivencia en la clase media”, el primero sigue vendiéndose muy bien, mientras que el segundo “Vamos Mexicano, tú eres de primer mundo”, vendió todo el tiraje inicial de dos millones y medio de ejemplares en 7 meses.
- Esos libros los escribí por una idiotez. Por dejar que el mundo editorial me abriese sus puertas. Nunca debí aceptar a escribirlos. Están llenos de pendejadas. Incluso puse cosas inverosímiles con la esperanza de que la gente no las comprase y las vieran como lo que es: Basura. Pero, puta madre, la gente vacía los compraba con delirio y seguía todas las pendejadas que escribí como si fuesen una biblia. Lo peor de todo fueron los testimoniales que comenzaron a surgir diciendo como había cambiado sus vidas. Eso me emputa de sobre manera.
- ¿Te llamé en mal momento Cris? Mira, te veo mañana en el Parisien, desayunamos y te doy el cheque. OK, hermoso, nos vemos. No pierdas la fe, tu novela será algo increíble algún día.

Me cuelga y me quedo viendo al celular. ¿Cómo demonios hace Raquel para dejarme sin hablar siempre? Seguro mañana después del desayuno vamos a coger. Siempre es así cuando me entrega un cheque. Esa es la razón por la que no la he corrido, definitivamente. Disfruto que me entregue el cheque después de que nos hemos venido.

Sí, eso es. En el fondo soy una puta.

Con esos pensamientos regreso a la biblioteca, limpio el escupitajo de la vieja máquina de escribir con la manga del suéter, meto la hoja, la alineo y me siento a escribir. Sonrío como no lo había hecho en meses. Ahora por fin me ha llegado la inspiración y quiero comenzar a escribir. El título fluye como un río torrencial, ni siquiera me detengo a pensarlo dos veces:

“La Crisis Económica no tiene por que llevarte a la prostitución de ideas”

Sí. Una puta, eso soy.

Una puta que escribe, pero eso sí, soy una puta con un sentido del humor demasiado retorcido.

004. Si lleva una, lleve dos

24 Oct

Si lleva una, lleve dos

7/02/2009

¿A quién le vendo dos cajas de alegrías?

Le pertenecieron a aquel viejo que todas las tardes se sentaba a la orilla del mar mientras el sol era tragado por la bastedad de este.
Recuerdo cuando una vez, en mi tiempo sin provecho, en un día de esos en los que no haces nada queriendo hacer algo, me senté a su lado y con cerveza en mano le pregunté:
¿Que miras?

El con su voz profunda y áspera, como el sonido de la ola golpeando una roca, me dijo: “dame una cerveza y mi historia escucharás”; me paré con una mirada cansina sobre de él. “Menudo borracho”, pensé, pero me desplacé de nuevo hasta mi auto donde la hielera reposaba tranquilamente. De esta saqué un six de latas con contenido ámbar y con cierto grado de alcohol. Caminé de nuevo hacia la playa, pero el viejo no se veía por ningún lado. Recorrí la orilla de la playa hasta llegar a donde estábamos sentados donde vi de manera mal escrita sobre la húmeda arena la cual la marea comenzaba a borrar:

“No es el momento, ni nunca lo será, vive tu vida, vive la que yo quise vivir. Te dejo en prenda 2 cajas llenas con mis alegrías, que te aprovechen y las aprecies, y si no, que las vendas al mejor postor”.

Nunca lo volví a ver, ni supe de él, o tal vez no quise saber ya que días después escuché la noticia del cuerpo de un anciano fue encontrado flotando en alta mar. Prefiero pensar que no es el. Me gusta pensar que el anciano encontró su mañana buscándola en el ayer mientras vivía añorando un hoy que no llegaba. Prefiero ver sus cajas con alegrías y pensar que son todo cuanto en esta vida tenía y que así como si nada decidió abandonarlas en manos del primer postor, de aquel que ni siquiera sabía que había hecho una oferta por ellas y que nunca imaginó, que la mejor moneda para aquel alma abandonada y por la cual nadie mira con interés, sea una poca de franca y legítima atención.

Entonces dígame, bella señora. ¿Quiere una alegría? o, ¿quizá, dos?

003. El marco de la ventana

24 Oct

El marco de la ventana

5/02/2009

Sentado en el marco de aquella ventana te vi pasar esa tarde.

Desde aquel momento mi vida perdió sentido.  Las horas no pasaban, mientras los segundos, al contrario, se volvían de mercurio. Escurridizos, imposibles de atrapar, venenosos pero a la vez tan increíbles e irreales.

Tocaste a mi puerta, detrás de la cual yo esperaba impaciente (mas no iba a esperarte con la puerta abierta, no sería bien visto por nuestras costumbres y tradiciones). Abrí rápidamente, con una sonrisa dibujada en mi cara. Con el ansia marcada. Con el deseo a flor de piel.

Apenas cerramos la puerta, te lanzaste a mis brazos. Yo me perdí en tu boca. Nos desdibujamos del aquí y del ahora para aparecernos en un lugar íntimo y que nadie, salvo tu y yo, tiene acceso.

Nos amamos en el hall, junto al jardín. Nuestros cuerpos no eran nuestros, las voces y sonidos que estos producían eran irreconocibles para ambos. ¿Nos escuchábamos afuera? ¿Acaso un transeúnte vouyeur escuchaba con excitación nuestro momentum de pasión? No lo sé y en verdad, ¿qué más da? Eso era nuestro, solo de los dos. Un momento íntimo particular que no importaba si era un par de ojos furtivos los que acechaban, o si era todo un coliseo el que aclamaba en cada cadencia, entrega y demostración de amor y deseo.

No importaba, pues era el hambre de no estar juntos la que nos había cambiado. La que nos convirtió por unos instantes (o eternidades, no lo sé) en dos desconocidos que se conocían desde siempre.

Terminamos como siempre, abrazados mirándonos sonrientes, complacidos, pensando en el ahora. Hablando de cómo debería ser siempre así nuestra vida. De cómo tu me haces feliz. De como yo te hago feliz. De cómo es que nos necesitamos y de cómo no podemos vivir separados.

Subimos a mi cuarto y nos sentamos en el marco de mi ventana. Aquella ventana donde te vi pasar no una, no dos, si no incontables veces.

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