En Veracruz hay una comunidad -pueblo, localidad, ranchería, ejido, no sé en realidad-, llamada Dos Ríos. Está justo entre Orizaba y Córdoba, yendo por la autopista México – Veracruz (Autopista 150) a la altura del kilómetro 312, pasando Potrerillo y justo antes de llegar a Sumidero. Los niños de allí son curiosos por naturaleza, les gusta oír cuentos, les gusta interpretarlos. Les gusta hacerlos de ellos mismos, como una aventura que podrían vivir en cualquier momento de sus vidas. Lectores voraces no son, pero eso es más que nada por la falta de libros y no porque no sepan leer. Es de las comunidades con índice de alfabetización más alto de la región (claro, ayuda el que sea una población más o menos joven –sus primeros habitantes dicen haber llegado a vivir allí en “los ochentas y algos, no… como los noventas más bien, creo yo, porque ya mero hago los veinte años aquí mire”, como dice Jaime Rosado Huit, de 34 años, padre de cuatro niños, dos de ellos unas gemelas de 14 años que entre día y día encuentran el tiempo suficiente para ayudar en las labores del hogar, atender a la telesecundaria No. 224 “Xavier López Ch.” y formar un grupo de escritores infantiles por las tardes y noches.
Contrario a lo que puedan prejuzgar ustedes, horribles personas. Dos Ríos no es la clásica población llena de gente inconforme, mal pagada, descuidada e ignorante, como podría ser, no sé, el Ejido 05, municipio de Comondú, Baja California Sur, donde aún no saben cómo funciona la televisión y creen que las lámparas ahorradoras de luz tienen dinero adentro que se va ahorrando cada que prenden el interruptor. No, la mayoría de sus habitantes está formada por gente que, si bien es de extracción humilde, ha mostrado que con trabajo y ganas de superación pueden lograr todo. Tienen una media de nivel socio económico que va de la esfera C+ a B-. Nada mal, y, si tomamos en cuenta que su población no supera los 700 habitantes, podríamos decir que es uno de los lugares con bienestar social mayor del estado. Entre ellos mismos han abierto clínicas y supermercados. Sus calles están bien trazadas, anchas, preparadas para albergar cuatro carriles en sus vías principales. En una vista satelital se puede ver perfectamente cómo está formada en bloques muy bien planeados y esto gracias a que los primeros habitantes de Dos Ríos firmaron una carta de justa repartición, donde todos los terrenos debían medir lo mismo y nadie podía tener más de uno si no tenía viviendo allí al menos 5 años. Los servicios de alumbrado, alcantarillado, telefonía y agua trabajan de manera maravillosa. Sus parques están cuidados perfectamente. ¿Lo mejor de todo? Que todo esto se ha hecho por el pueblo y para el pueblo, el gobierno (municipal, estatal o federal) no ha metido más mano que lo justamente necesario. Cubren impuestos de manera puntual, con la condición de que no coloquen a nadie que represente a autoridad gubernamental alguna, ni siquiera policías. Ellos manejan todo de manera interna. Juntas vecinales. No ha habido gran problema desde que en el 2003, Hugo Pommarola Tévez (+), originario de Zitácuaro, Mich., con dos años radicando en Dos Ríos, creyó conveniente llevarse a su casa a Teresa Solorio, de 16 años, para tomarla como esposa, sin consentimiento de sus padres ni de ella misma.
Este hecho fue arreglado con suma cautela por miembros de la junta vecinal. Cuatro de ellos salieron en una pick up roja, propiedad del padre de Teresa, Don Hilario Solorio, y después de una charla con Hugo, este accedió dejar ir a la niña. Todo fue calmo y civilizado. Hugo pidió una disculpa pública en la plaza del pueblo, y el evento fue olvidado. Los hechos que acontecieron después –que incluye el incendio de la casa de Hugo y su cuerpo hallado con 59 impactos de bala- son aleatorios y no hay forma de relacionarlos de ninguna manera.
Dos Ríos es también una joya turística maravillosa. Cuenta con barrancas de piedra caliza, prados verdes y, claro, dos ríos que lo circundan: El Orizaba y el Amoyate, ambos provenientes del volcán Citlaltepec. En primavera que se da la “crecida” del río Orizaba, pueden observar a los pobladores en pequeñas embarcaciones deslizándose para divertirse mientras que, en donde convergen ambos ríos, la gente se arremolina para comer langostinos y camarón de río (“burritos”) a la parrilla en el restaurante más viejo del lugar: “El atorón de Mano”, atendido por su propietario Manuel “Mano” González González, el cual siempre dice que su secreto es nunca lavarse las manos antes de cocinar (“eso le da el sazón”). Imperdible probar su mítica agua de cacahuate, receta que ha sido imitada, pero jamás igualada. Esa agua puede hacer maravillas, sí señor. Recuerdo una noche mágica de algún agosto en el que llevé a una chica (Mimí Palomero) sacándola de clases para ir a nadar al río y comer langostinos. Bebimos agua de cacahuate y ella me declaró su amor. Claro, dije que no, pero la noche en el hotel del pueblo “Lozeta de Amozoc” fue algo que no olvidaremos jamás. Creo. ¿O fue Denisse Ivaniega en diciembre? No, no… Ale, sí. Ella fue, en el huerto de mangos de su primo Rodolfo Almaguer. En fin. Los caballeros no tienen memoria, así que está bien que no las mencione así como todas las cochinadas que hicimos. Sería lo más correcto. No queremos que, en algún futuro medio lejano, alguno de sus hijos lea esto y se entere que su mamá daba unas mamadas de campeonato. Eso no está para nada bien, ni es correcto, no señor.
En fin, si algún día –en fin de semana y primavera, de preferencia- no tienen planes, vayan a Dos Ríos, un pueblo de gente linda, amable, trabajadora los espera. Cuando estén allí, no olviden pasar al minisúper Iberia, dónde podrán comer unas tortas hechas con el mejor jamón serrano de todo el país y degustar un delicioso tequila añejado que hacen y traen exclusivamente para Dos Ríos.
No lo piensen dos veces. Vayan a Dos Ríos, que yo, su amigo y comandante, Beltrán Leyva, se los recomiendo.
Se ha dicho