Siempre pensé que beber martinis era algo excepcional. Tendría unos 16 años quizá, la primera vez que probé uno. Quince si quieren aventurarse un poco más. El sólo nombre del cocktail (que no “cocktel”, por dios) se me figuraba algo grande, simbólico, pretencioso y apabullante.
Pasaron años para que pudiese volver a probar alguno de ellos, en primera porque los gastos de un estudiante de prepa consisten más en moteles, música, cine y chelas que con bebidas un poco más elaboradas que “una cuba libre”. Recuerdo bien, un viaje a Mérida con mi familia, en un restaurante italiano, habría de tener yo unos 18 años, mi padre al escucharme pedir un Martini se me quedó viendo y sentenció “ojalá tengas un trabajo que pueda mantener tus gustos y gastos en el futuro”, algo irónico, al menos para aquellos a los que les he contado mis planes a corto plazo, acerca de dejar Cancún y nadar en billetes. Pero bueno, regresemos al Martini (el cual no me explico cómo Word continúa autocorrigiéndolo y poniéndolo en mayúscula cada que lo escribo, joder. Martini, MartiNi, mArtini, martini. ¡Ja!, ¡Toma eso, Word! Vencí tus absurdas reglas) y mi idilio con él, que duró desde el 2000 al 2003. Remontémonos a la Orizaba de esos tiempos –favor de sintonizar su mente en blanco y negro, con fondo musical de pianola alegre-, en los cuales, dicho lugar no era más que un pueblo violagatos y tricicletero. No digo que ya no lo sea, pero le han arreglado mucho la cara y las vialidades, ahora pueden violar gatos en un ambiente que recuerda otros siglos en los cuales no había internet ni canal de las estrellas, todobonito. Bien, con eso en mente, piensen en un lugar donde sólo existían 3 antros, uno de ellos cerrado y que abría sólo para hacer quince años y demás babosadas de ese estilo: “Fandango”. Ajá, ¿creen que eso es ochenterísimo? Esperen, les digo el nombre del antro al cual toda la gente iba –sin importar clases sociales, toda una utopía para Marx- “Genesis Discotheque”. Tómenla. El otro antrillo era ni más ni menos que el ahora extinto Mexican Drinks. Tugurio en el cual nosotros los “chavos rebeldes y rockeros” nos íbamos a divertir viendo tocar a las bandas de otros amigos. En ese bar de la maestra Laura –la de Orientación Educativa-, se nos vendía alcohol aun siendo menores de edad –ah, ¡qué buena estaba la pinche maestra Laurita!-. Y es que sí, hubo un tiempo en el que así, hipsterioso y pretencioso y princeso como me ven los que me conocen, fui un chavo con playeras del Che, de Lennon y hasta del Tri. Ajá, hagan fila para darme zapes. Allí en ese antrito, la maestra y su esposo siempre nos trataban muy bien a Ezra, Mario, Urias, al Güero y a mí. Nos daban chelas al costo y de vez en vez, tragos gratis (digo tragos, pero eran litros de preparados) del tipo “sex on the beach” y esas mamadas. Un día, así como si nada, mientras escuchaba a la banda de Mario tocar por millonésima vez Smoke on the water, decidí decirle al barman –el esposo de la maestra- “se me antoja un martini”.
Madres.
Se me quedó viendo incrédulo, pero después de un rato se carcajeó y me dijo. No seas mamón, dónde ves que tengamos copas para eso. Si quieres, va en un vaso desechable.
-Vas. Dije, seguro de mí y mis elecciones.
Allí me tienen, en una época en la que no todos traían celular con cámara (y los que traían era tan chafa que hasta dibujar bolitas y palitos era más exacto que una foto tomada con estas) ni cámaras digitales. Un baboso de 17 años, casi 18, bebiendo un martini encima de un huacal (esos eran sus asientos en el Mexican Drinks) con un vaso desechable transparente bebiendo un martini seco, con su respectiva aceituna y palillo, mientras se acomodaba su sombrero tejido negro y rojo. Fina estampa, damas, caballeros. Nunca había disfrutado tanto un martini.
Ahora en retrospectiva, creo que esa noche murió algo de mi rocker-anarko-punketo interno, para darle rienda a mi lado pretencioso. Digo, ¿quién carajos toma martini en un antro de mala muerte como ése mientras tocan covers de Radiohead? Si me lo preguntan, yo les diré que la década del 2000 comenzó justo esa noche.
Así prosiguieron meses, salimos de la prepa ese mismo año, nos separamos, distanciamos. Y cada uno de nosotros tomó un camino diferente. Martini seguía conmigo. Me acompañó a Veracruz en mis 18, cuando pensé que estudiar Ingeniería en Sistemas Computacionales sería interesante. Allí me conseguí una novia que, al parecer, se la vivía de XV años en XV años, pero bueno, ella tenía 16, así que era el momento de que sus amigas se presentaran en sociedad. Algo que aprendí allí, es que, en el puerto jarocho, carajo, las niñas de 14 y 15 parecen de 18, bueno, eso y las que parecen de 28 o 30, son generalmente travestis, pero no toquemos ese son. En las fiestas de XV años, el martini era un buen compañero, me hacía ver “como un chico maduro” entre los chavitos y demás amigos de aquella ex novia. Nada más alejado de la realidad. En el 2001, regresé a Orizaba, con ánimos de cambiarme de carrera a la naciente “Licenciatura en Negocios Internacionales”. Sí, señor. A que impresiona. Pues que no lo haga, fue como estudiar administración de empresas agregándole unas 8 materias más. Allí, los martinis y yo vivimos nuestra mejor época: Comenzaron a remodelar un hotel de linda fachada en la Calle Real (principal arteria vial de Orizaba, que une a dos avenidas, Poniente 7 y Oriente 6), llamado Grand Hotel de France. Para entonces, yo ya trabajaba entre semana, así que mis gustos y gastos me los pagaba yo solo. Lo que antes se iba en moteles, cine, música y chelas, ahora se esfumaba en pasajes, libros, gasolina, moteles y… claro, martinis. La remodelación de ese hotel trajo un cambio en sus menús, agregándole los martinis. Para mí era un placer ir y tomar uno sentado en una mesa junto a la fuente de su patio. Siempre me ha inspirado algo ese hotel. No es caro, si te pones a pensar prácticamente. La noche te sale en 400 pesos, un motel te sale en 250 por 4 horas. Ah, las divinas matemáticas, pero bueno, dejo de divagar. Ya por ahí del 2003, era habitual el que fuera por la tarde-noche de los Martes y Jueves a dibujar en un viejo block de viaje -¿aun lo tendré en mi casa de allá?- a gente que veía sentada allí. Llegaba y el viejo mesero –oh, destino- de nombre Martin, ya sabía qué quería. Un spicy en martes, un seco en jueves. Una tradición. Incluso, durante una época en la que no tenía celular, mi madre llamaba al hotel y preguntaba por mí si algo importante acontecía. Llegué a conocer turistas interesantes, chicas lindas, gente exasperante. De todo. El martini proveyó de todo tipo de anécdotas, hasta que llegó julio de 2003 y con éste, llegó Gely.
Mis anécdotas a partir de entonces son otras, y ya las contarán otros relatos. Por lo pronto, y cuando puedan, pidan un martini, bébanlo en mi honor. Recuérdenme ese día no por mi nombre, si no por el apodo que usaré hoy. No me llames Cristhian, dime Le Grand, por favor.
Se ha dicho