Un gusto
08/04/2009
Uno. Para bailar no necesito más pareja que una sombra, sentir el suave tacto del viento y un hola susurrante que se cuele en mi oído, aunque sea solamente emitido por eco de una memoria distante de un tiempo pasado que no ha visto la luz en un buen rato.
Dos. Para volar no necesito alas, ni un viento que me levante, mucho menos motores o drogas o alcoholes. Sólo me hace falta un beso ausente que ilumine mi despegue en infinitas bastedades con rumbos e itinerarios desconocidos multicolores.
Tres. Para vivir no me hace falta tu compañía física, mucho menos el tenerte las veinticuatrohoras de los trecientossesentaycinco días que el año solar tiene. Solo me hace falta el llevarte conmigo, aquí adentro en mi cuerpo, metiéndole fuego para mantener a punto el caldero que en mi corazón de acero conservo.
Cuatro. Para escribir no necesito dedos, mucho menos palabras vacías o epístolas de truenos. Sólo me hace falta un poco de tiempo del que ya no existe junto con un poco del té que ya no hacen mientras me siento frente al fuego escribiendo con mis ojos esquirlas en el viento.
Cinco. Para extrañar no necesito que te hayas ido, mucho menos que ellos hayan muerto. Sólo me hace falta una efímera memoria que cual capullo del que emerge una mariposa se vaya quedando vacío, seco, marchitándose lento pero dejando consigo el conocimiento que dentro de él hubo una vez algo vivo y hermoso, pero como todo tuvo que abandonar y emprender su propio vuelo.
Seis. Para enamorarme no necesito que tú me ames, mucho menos que me jures tu amor por la eternidad de ida y vuelta y de regreso de nuevo. Sólo me hace falta una tenue sonrisa que mi alma interprete como un consentimiento secreto y conforme de ambas partes que de siempre se saben pertenecidas.
Siete. Para hablar no necesito un público oyente, mucho menos uno que le interese lo que debo decir. Sólo me hace falta el vacío que me preste nula atención ante el torrente de ideas y marejadas de sin sentido que mi lengua, cual grifo abierto, puede llegar a soltar en un santiamén.
Ocho. Para morir no me hace falta dejar de respirar, mucho menos que mi corazón deje de latir. Sólo me hace falta dejar de estar a gusto en esta vida tan serena, con ese amor tan perfecto mientras convivo con todos los que he conocido mientras vuelo, bailo, extraño, hablo, escribo y vivo en este mundo tan perfecto, en este tiempo del ahora que sonriendo vive el momento sin pensar en lo incierto.
Se ha dicho