No éramos cocodrilos

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Ni paños o entrepaños. No éramos historias que se cuentan de fácil manera. Vaya,  no éramos nada,  aunque –y sin embargo– nos entendimos del todo.

Salimos un día, voraces pero cautelosos. Permisivos en ciertas cosas pero prohibitivos de las demás. Nos clavamos las miradas y los incisivos hasta el alma, nos desnudamos de a poco, el uno al otro pero sin desvestirnos o bajar la guardia. Vaya,  quizá si éramos un poco como ellos,  como los cocodrilos.

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