28. El dolor, la muerte y el tango.

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Centralizados, como integrantes de algún paro normalizado de un sindicato. No pierden ni ganan nada. Tiempo, quizá, eso pierden. Decepción, seguramente, eso ganan.

No se frenan, no dimiten. El dolor, la muerte y el tango, siguen allí sentados, en la esquina de Londres de la colonia Talporcual de la gran metrópoli de un pequeño país. Uno toca un cencerro, mientras otro más sostiene el cartel que reza “clemencia, les pedimos, humanidad. Tengan un poco de clemencia para el dolor, otra tanta para la muerte y si les sobra un poco, el tango la requiere también”. Piden ayuda, piden caridad, dicen que no tienen ni que tragar. El tango, callado, con la mirada en el suelo, juega con el agujero que tiene en la suela del zapato izquierdo. A veces balbucea, a veces solo llora. Recuerdos de otros tiempos, donde el fulgor era su carta de presentación. El dolor, sincero, a veces grita, espantando a cualquiera que cerca pase. Insulta, berrea, maldice desgracias, propias, ajenas. El dolor no perdona a familiares y desconocidos, para ellos son iguales, todos iguales, todos lo peor y todos lo que el quisiera ser. A diferencia de tango, el dolor nunca fue bien recibido ni en la colonia, ni en su casa. Sus padres lo corrieron a una edad temprana y si no fuera por la muerte, sus días serían vacíos como siempre. La muerte es indiferente. Mientras dolor toca el cencerro y tango sostiene el cartel, ella solo se aferra a estirar la mano y agradecer alguna moneda que en esta llegase a caer. La muerte sabe que no tiene caso quejarse, pues su situación nada va a mejorar. Siempre temida y evitada, a veces odiada y cuando alguien en realidad la quiere y la busca, es gente que no vale la pena. La muerte se encontró un mal día con el dolor y el tango. Nunca planeó quedarse con ellos, pero al verlos allí, tan pobres, tristes y sinceros, se olvidó de todo y se perdió entre ellos. Nunca supo como el tango conoció al dolor, ni nunca se los preguntó. Ella supone que el tango es hijo del dolor, por las edades y similitudes que presentan. No lo pregunta, no porque tenga miedo de la respuesta, si no de las preguntas que esta conllevaría. Para empezar, ¿quién en su sano juicio se atrevería a follar con dolor? Peor aún, ¿quién engendraría a alguien como tango?

Solo ella. Y por eso no pregunta, suficiente tiene con saberse responsable de muchas otras cosas malas en este mundo, como para confirmarse otras peores.

Pero ustedes no juzguen, que seguramente tienen sus propios bemoles. Si los encuentran en la calle, tírenles cuando menos una miga, una moneda o una manzana podrida, pero por favor, nunca, nunca, nunca, una sonrisa.

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