Veintiuno

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Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato.

Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas, que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero.

Que cuando quieras decir: “Mi amor”, digas “Pescado frito”; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las salivaderas.

Que tu mujer te engañe hasta con los buzones, que al acostarse junto a ti, se metamorfosee en sanguijuela, y que después de parir un cuervo, alumbre una llave inglesa.

Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores, tan locamente, de una caja de hierro, que no puedas dejar, ni un solo instante, de lamerle la cerradura.

 

Oliverio Girondo, “21” publicado en Espantapájaros 1932.

En enero se cumplieron 47 años de que murió, triste y sin su esposa que se adelantó. En octubre que fuimos a Buenos Aires a ver su tumba en la Recoleta, me dio la impresión de que después de muerto, no la encontró más y sigue triste y sin su Norah Lange. Que a el simplemente, su familia se divirtió deformando su esqueleto, y que al final se enamoró de la la cerradura de su tumba, la cual nunca dejará de lamer.

Grande fue, chico, chiquitito, murió. Olvidado como se olvidan a las modas argentas en ese majestuoso cementerio descuidado por todos.

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