29. Cuadros difíciles de colgar

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Abres los ojos. Apagas el despertador. Haces unos cuantos ruidos, movimientos y disipas el coraje de amanecer, para juntar fuerzas y lograr salir de la cama. Te bañas –no siempre-, con suerte alcanzas a desayunar un poco y servirte una taza de buen café, de Coatepec, o Huatusco, esos son los únicos buenos en el país. Terminas de vestirte y sales de tu casa, asegurándote de que has cerrado bien y puesto seguro. Das unos pasos hacia la calle y recuerdas que no le diste de comer a tu mascota. Regresas y le das de comer a tu hurón –al cuál no encuentras y piensas que debe estar escondido en tu cajón de los calcetines, dormido como rey-, le pones un poco de agua fresca, miras el cuadro colgado en la sala, recordando su historia de cómo lo conseguiste, sonríes y sales de casa. Esta vez no te aseguras de que cerraste y tampoco le pones llave, pero no te preocupes, cuando regreses por tercera vez a tu casa, la viejita del 105-D te dirá que vio que dejaste abierto –otra vez- y ella cerró, porque es una muy buen vecina y le recuerdas a Roberto, su nieto favorito. Sales de tu edificio, lo volteas a ver antes de subirte a tu bicicleta e irte al trabajo. Viena 22. Te gusta todo de el: los vecinos, la calle tranquila, su buena ubicación y lo barato que te salió comprar dos departamentos conjuntos. Avanzas por la calle hasta la vieja casona ubicada en Río Amazonas, donde se encuentra tu trabajo, el cual no es el adecuado, pero tampoco es el peor. Te detienes en la puerta y volteas sobre tu hombro. Carla, tu prima viene llegando también. La saludas y notas que actúa rara, descubres un moretón maquillado, con la esperanza de disimularse. Preguntas si fue golpeada de nuevo. Ella llora, montas en cólera, profesas insultos, maldiciones y amenazas. Dices que si de ti dependiese, molerías a patadas a su pareja. Claro, si su pareja fuera un hombre. Aquí es donde el relato se convierte en plural, pues deciden ausentarse del trabajo, al menos por unas horas. Regresan a tu casa, pues está cerca, se sirven un trago –ron con agua mineral-, guardan silencio, hasta que el relato se vuelve singular otra vez, pero ahora en la tercera persona del singular, en femenino. Ella llora y dice que ya no puede vivir con Yaz. Dice que es una bestia, que le lastima con frecuencia, la humilla y la obliga a hacer cada vez cosas peores. Ayer la golpeó porque quería que ella la orinase, pero el asco y la sola idea la hicieron negarse. Carla cuenta como al negarse por tercera vez, Yaz perdió la cordura, se levantó y tomándola del cabello, la azotó contra la pared y ya tirada en el piso la pateó repetidas veces en el abdomen, piernas y cara. Carla, temblando, recuerda como estando allí tirada, semi-inconsciente, Yaz le orinó la cara, le escupió y le metió el puño derecho en la vagina, de manera sumamente dolorosa, para terminar siendo una piltrafa humana. Yaz salió de la casa dejando a Carla inconsciente, en el piso, necesitando auxilio médico. Carla despertó en medio de la madrugada, con sangre seca en el cuerpo, piso y con su cara apestando a los orines de Yaz. Como pudo, se levantó y se dirigió a su coche, manejó al hospital más cercano, donde mintió acerca de lo acontecido. Dijo que fue asaltada y golpeada, nunca mencionó la violación, no quería que se complicase más todo el asunto. Fue dada de alta a las 6 am, regresó a su casa, se bañó y salió al trabajo, pensando en nada, hasta que te vio y todo regresa a la segunda persona del singular. Le preparas el desayuno, cuando lo llevas a la mesa, descubres que tu prima se ha quedado dormida en el sofá, la cargas y la metes en tu cama. Sales del departamento, esta vez, revisando la puerta y el seguro. Corres hasta tu trabajo, pues no llevabas las llaves del candado de tu bicicleta y no querías subir de vuelta al departamento. Hablas con tu jefa, explicas que surgió un problema con Carla, que no vas a poder presentarte al trabajo y obviamente, ella tampoco. Regresas a tu departamento, antes de entrar, te topas con la viejita del 105-D, te saluda y te comenta lo de la puerta, te dice que esperes y te regala unas galletas que horneó hace unas horas. Le sonríes y sin más, la abrazas. Nunca lo habías hecho, y, sin saberlo, acabas de hacer a aquella viejecita –de la cuál no sabemos su nombre, pero que merece una pequeña desviación a la tercera persona del singular en femenino nuevamente-, la persona más feliz de todo ese edificio, pues al entrar a su cuarto, ve la foto de Roberto –el cuál murió hace 3 meses pero nunca te dijo nada- y se pone a llorar, con una sonrisa inmensa en la boca mientras se sienta en su mecedora. Ahora sí, volvemos a ti. Entras al cuarto y ves a Carla, dormida, tranquila, serena. Te calma el verla así, hasta que descubres que no está respirando. Quitas la cobija y descubres en las sábanas, un charco de sangre proveniente de su entrepierna. Llamas al hospital, entras en pánico. Minutos después, en una especie de vacío, escuchas a lo lejos que los paramédicos te dicen que está en coma. Los ves salir, y te regresas a la realidad. Tomas un taxi, para seguir a la ambulancia y en el trayecto sacas el teléfono, para marcar ese número al que marcas cada vez que quieres solucionar algo. Aquí es donde se acerca el relato al final, pues se torna a la primera persona del singular, Yo. Contesto mi celular. Te pido el nombre y la dirección. Te dijo con calma, que no te preocupes, que esa hija de puta de Yaz dejará de respirar antes del atardecer. Te cuelgo, y me voy a hacer mi trabajo, pues mis horarios no son flexibles y odio ser impuntual.

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