26. Yefrémov

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Viernes otra vez, llegas a la casa vestida solo con una sonrisa. Atraviesas el jardín de puntitas hasta llegar al recibidor donde miras fijamente al espejo. Te acomodas el cabello, te tocas los senos. Todo bien, todo perfecto, todo parte de un mismo acto que se repite cada semana mientras aguanto la respiración, callado, perplejo.

Caminas a grandes pasos, casi casi danzando. Tip top tap. Estás ya en la cocina y silbas la misma tonada, que sé que es de alguna canción que alguna vez cantaste. En ruso, en alemán o bien en un idioma que no existe ya. Sirves una taza de té de canela y otra más de jazmín. Siempre lo mismo, como cada semana y como siempre, llevas las dos a la sala. Los aromas de las tazas inundan los rincones; el perfume en tu cuello, inunda mis pulmones. Te sientas en el sofá, me sonríes una vez más, y me pides, como siempre que te cuente tu historia favorita. Esa historia que te cuento, donde te digo que vienes todos los días y no solamente una vez por semana. Esa donde te digo que existes y que no solo eres un fragmento de mi mente. Esa donde te digo que estamos en una casa, y que no estamos en el psiquiátrico. Pero a final de cuentas, termino relatándote (mejor), la otra, la que prefiero, porque en esa, cuando menos, aun existes y me visitas cada viernes.

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