-Andrés.

facebooktwitterredditpinteresttumblrmail

Era 2007 cuando se me ocurrió tomar la Pacífica un fin de semana para ir a caminar sobre fuego y visitar Ciudad Mante a ver todos los murales que estaba haciendo por la ciudad Andrés (que salió un año antes que nosotros de la carrera y que al parecer le estaba yendo MUY bien). Además de todo, nos convenció cuando nos dijo que en Tampico tenía una casa que había acabado de comprar (quien diría que un artista en Tamaulipas podría darse el lujo de tener no una sino dos propiedades en tampoco tiempo) donde todos nos podríamos quedar para pasarla tranquilos y sin problemas.

Éramos jóvenes y desempleados (yo no, pero bueno) y todos teníamos una razón de ir aunque no de quedarnos.

Durante el viaje, mientras Jaz cantaba y Pastor se la pasaba gritando idioteces mientras los demás reían de los chistes de la Tabas, iba haciendo memoria de que no había estado en Tampico desde hace muchos, muchos años…

He de haber tenido unos 14 o 15 años (trece no, porque de esa edad recuerdo todo lo sucedido en 1993).

Íbamos de regreso de Tampico para Veracruz después de un viaje algo rudo emocionalmente (para mi. Mi familia la pasó muy bien, incluso comieron cachetadas al por mayor). En una mala vuelta o en una vuelta muy planeada por mi padre (sigo sin saberlo y digamos que ese conflicto me hace escribir mucho entre paréntesis para poder esquivar la razón de cuánto es cierto y no en mi vida) acabamos tomando la carretera federal 70 en lugar de la 180 que es la que habría de regresarnos a Veracruz.

No estoy consciente del diálogo, pero conociendo a mis padres, seguro fue algo así:

Padre: bueno, este camino nos debe sacar a algún lugar de Ciudad Valles. Podemos aprovechar y visitar a ░░░░░░░░░░░

Madre: Son vacaciones, no hay nada que hacer pero voy a encontrar algún motivo para reclamarte que lo hiciste mal y que tú comprensivamente aceptes tus errores. De todos modos me voy a dormir todo el camino y ░░░░░░░░░░░ es conocid░ mío.

Padre: no se diga más. Los niños a estas alturas son maletas: uno tiene un trauma que tendrá que enterrar en su memoria y encontrar perdón para su padre aceptando que su padre es humano, no un héroe y el otro tiene 8 o 9 años dependiendio si el grande tiene 14 o 15 como lo establecimos en la oración inicial de este cuento.

Palabras más, palabras menos.

En fin, el punto es que era la época dorada del road trip familiar, teníamos un Topaz espacioso, cómodo y azul (que no tiene importancia su color pero considero importante el hacerlo notar porque me re contra mamaba ese coche que era la culminación de la elegancia para alguien de mi edad. ¿Vidrios eléctricos? Wow. ¿Portavasos para mi frutsi de sabor-color-rojo? Sold. ¿Luz de lectura en las puertas de cada uno de los asientos de atrás para poder leer o jugar con mi tetris 1001 en 1 sin molestar a nadie? Perdón, el futuro es ahora). Además de todo, las carreteras no eran el peligro constante que ahora es, con cañeros, “cuotas”, levantones y robos. Emprendimos el camino que en realidad no era muy largo pero que lo estiramos al por mayor. Nos detuvimos a comer en Ébano y a remojarnos en la laguna de Chajir. Pretendíamos ese mismo día, si no encontrábamos a ░░░░░░░░░░, ir al Espinazo del Diablo (spoiler: sí lo encontramos y sigo a mis 35 sin conocer dicho espinazo) pero ya a unos kilómetros de Ciudad Valles, un pequeño letrero llamó mi atención.

Desgastado y sin chiste. Desprolijo y con el sentimiento de que te contagiarías de tétanos solo con mirarlo, el letrero blanco decía “ZONA ARQUEOLÓGICA TAMOHI”. Yo, estando aún encantado por el espectáculo que me representó conocer el Tajin en el tramo de Veracruz a Tampico, lancé mi sugerencia a mis padres.

No estoy consciente del diálogo, pero conociéndome y conociendo a mis padres, seguro fue algo así:

Yo: adorados creadores: sé que voy muy mal en la escuela y que soy flojo. Sé que no me dejaron solo en casa por temor a que la incendie de nuevo. Sé que no hay muchos motivos por los cuales deberían considerar mi suguerencia, pero recuerden que cuando sean viejos, alguien tendrá que velar por ustedes.

Madre: Te escuchamos.

Yo: ¿Podemos ir a visitar esas ruinas?

Padre: Nunca las había escuchado. ¿De qué cultura son?

Yo: no lo sé padre. Al igual que tú, solo pasaba por aquí.

Padre: Vamos, a fin de cuentas no quiero ir a visitar a ░░░░░░░░░░ y solo hicimos este viaje porque no encontré la manera de regresarme a tomar la desviación correcta.

Madre: Sí, mientras no tenga que caminar mucho. Total ░░░░░░░░░░ ni siquiera sabe que vamos y sinceramente ya me dio flojera ir a verle.

Palabras más, palabras menos.

Minutos después estábamos ingresando a una zona atrapada por el tiempo y con el sello de la Huasteca por doquier. Río cercano, árboles de copa alta y un clima que nunca sabe qué tipo de clima es. Todo rodeado por un aire de tristeza, pero de esa tristeza que da gusto, que te cala el interior sentirla sabiendo que fue una tristeza que si bien sigue allí, ya pasó y nunca volverá con esa misma intensidad.

No pagamos nada por entrar (“pagamos”, como si el chamaco tuviera un quinto para invitar) y allí entre pequeñas construcciones sin mucha explicación porque no las recuerdo en verdad salvo que eran planas y alargadas con contadas escalinatas y más que nada me recordaban a altares por doquier, acabamos visitando en el museo de sitio lo que pareciera era el showstopper de Tamohi: El Adolescente.

Joder.

El tamaño me dejó atontado primero. Siendo yo un pequeño que no rebasó los 1.50 metros hasta bien entrado el bachillerato y siendo mi familia toda chaparra que no rebazan los 1.65 metros, ver a esa estilizada figura de 1.80 metros era realmente algo. Recuerdo los hoyos en sus orejas y la especie de mochila en su espalda con otra cara. Esa otra cara que me recordaba lo poco que muestro la mía. Esa otra cara que sonreía mientras que la de enfrente se comportaba como debía. Lo sé, era muy proyectable, pero estaba chico y me faltaba barrio.

Salimos de la visita pronto, no sin antes dejar a mi hermano que rodara cuesta abajo por una colina verde y con pasto corto. Recuerdo que su overol azul con rojo quedó inservible pues el pasto lo acababan de cortar y quedó todo embarrado. Incluso al llegar a casa de ░░░░░░░░░░ se lo hicieron quitar dejándolo en calzones para tratar de sacar las manchas. Nunca salieron, así como nunca saldrá de la cabeza de mi hermano el hecho de que mis padres lo hayan dejado tan vulnerable ante un desconocido y su familia entera de desconocidos.

A la puerta de salida (que en realidad era solo una valla), una señora me extendió su mano con un boleto y me dijo “ande joven (fue la primera vez que alguien me dijo así), para que recuerde esta visita que tanta falta le hizo a su alma. No se olvide que aquí siempre lo esperamos, cuando sea grande regrese, no nos olvide”.

Lo tomé con fuerza y lo metí en el libro que leía (juventud en éxtasis, perdón, neta, perdón, pero ya les dije: estaba chico y me faltaba barrio). Olvidé que lo metí allí y con el tiempo lo perdí, pero no olvido lo que decía el boleto ni mi promesa que nunca hice y que dudo que vaya a cumplir aunque no deba. El boleto decía Admisión general a la Zona Arqueológica y Museo de Sitio de Tamohi / El Consuelo, San Luis Potosí.

No podré volver porque aunque sé cómo llegar ya sea por Pánuco o por Tampico, no hay poder humano que me obligue manejar por esas carreteras de nuevo, al menos no después de lo que me pasó mientras estaba en la carrera y viajé con unos amigos un fin de semana primero a Tampico y luego a Ciudad Mante para encontrarnos con Andrés (¿no lo he contado? en otra ocasión, tal vez).

facebooktwitterredditpinteresttumblrmail