Pavor y sobresalto con expectoración.

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Dolores, con mansedumbre suplicaba. Sufría y su progenitor la compelía (de ella obtenía una considerable ganancia).

Pobre Dolores, pobre de ella y su giba.

Su madre era pelandusca, pérfida y con el corazón ennegrecido. Su hermano vivía en la verbena. Era un afeminado con un amante pasado en peso.

¡Pavor!, ¡sobresalto con expectoración! Uno, dos, tres. ¡Puntapié y coceadura!

Esa jornada acontecía en calma. De pronto, su padre la agredió raudamente. La mancilló con afán vesánico y Dolores imploró a los cielos que su vida se extinguiese en ese preciso momento.

En un momento atrapada por el instinto, Dolores asesinó a su padre mientras estaba siendo por el perseguida (ignorando ambos, que en ese mismo tiempo, pero distinto lugar, su madre y su hermano mantenían relaciones carnales).

Dolores pensó que no obtendría ayuda alguna, hasta que, de la nada, encontró un gendarme. Llorando, los acontecimientos recientes al policía le relató. Este, con una sonrisa apacible en el rostro la miró y… oh, Dios mío, no creerán lo que sucedió.

La acorraló.
La embistió.
La atizó.
La deshonró.
La mató… con un revolver.

Pavor y sobresalto con expectoración.

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