Improv No. 24

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a veces
no sé contar
generalmente
olvido escribir
la mayoría de las veces
parezco ausente
de vez en cuando
no tengo paciencia
casi siempre
recuerdo tarde

aunque
la verdad es que
lo que sobra de mi ser
es lo que permanece en el vacío
lo que no importa
lo que no cuenta
porque
ante todo
sobre todo
para todo
y por todo
me enfoco en una sola cosa
más grande que lo que puedo ser
todo cuanto mi ser puede
concentrarse
y dar de si
lo cual
es
la entrega
que tengo
por ti

y no
encuentro otra forma
ni deseo algo diferente
que cumplir
cabalmente
con
esa
motivación

qué más da
si mi apatía
aparente ante la vida
a los ojos de los
demás es
inmensa
notoria
y desbordante
porque
mi vida no es mía
y la he gastado
desde hace años ya
en entregarla
por depósito anticipado
para ti

no concibo
otra razón
que no sea
despertar
en tu corazón
la alegría
que refleja
tu mirada
en esos instantes
de silencio
que compartimos
cuando estamos juntos
en cualquier habitación

la vida
que yo
tuve
no era vida
hasta que
encontré
alguien
que la valorace
no por lo que era
si no por lo que
podría ser

yo era una promesa
que convertiste
en un parasiempre

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—1011 (y qué)

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Dime una cosa. Una sola. Una y ya.

¿Maduramos?

No lo siento, no lo creo. Seguimos siendo los infantiles que vivimos felices. Juntitos disfrazando todo entre matices.

Quizá a la vista de los demás somos maduros. Quizá los otros nos miran y piensan “manejan bien su vida, ojalá pudiéramos hacer las cosas como ellos”. Claro, siempre y cuando superen el hecho de cómo nos vestimos, pero ese es otro asunto.

Creo que no hemos madurado porque nunca nos hizo falta. Simplemente somos y nos complementamos tan bien que no hace falta meter más cordura a nuestra realidad que en verdad es solo eso: de vez en vez nos detenemos y nos ponemos nuestras máscaras de cartón de gente seria. Hacemos nuevos planes. Hacemos números. Hacemos un guion y simplemente lo vamos adaptando en el camino.

Improvisamos si es necesario. No hacemos cortes o nuevas tomas. Lo que pasó se ha quedado en la historia y reajustamos si hace falta. No siempre al termino del año vemos todo hacia atrás y decimos “vaya, este año merece un Oscar” (de hecho, casi nunca), pero no podemos negar que nos la pasamos bien en ocasiones y muy bien en otras. Lo demás es escena de fondo donde más somos extras que protagonistas, pero… ¿y qué? Estoy bien contigo y soy feliz siendo quien te acompañe hasta que los créditos deban de empezar a correr.

Ahora que lo pienso… Nada de lo escrito arriba hace sentido, pero te repito… ¿y qué?

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20. sin embargo

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Un cardumen de emociones y estímulos van de extremo a extremo de nuestro ser, cambiándonos con cada micra que recorren sin remanso.

Nos extraen de una realidad para colocarnos en el lindero de nuestras ilusiones, lo que somos contra lo que queremos ser, lo que tenemos contra lo que anhelamos, lo que vivimos contra lo que nos dejamos. Somos el límite fronterizo de lo que no que deseamos y del país del siempre no.

Sin embargo, nos gustan las ilusiones, desde niños, asombrados con el qué, cómo y por qué de la magia, el encanto, las ilusiones, el cine y el teatro. Nacimos para ser engañados porque queremos, porque lo disfrutamos. Nacimos para mentirnos, para mentir, para ser parte de una mentira ya sea con conocimiento o bien, sin este. La vida y lo concebido (y aceptado) por la sociedad nos dice que eso está bien y que así ha sido, así habrá de ser. No veo una razón para contradecir este tipo de comportamiento y bien aunque podría encontrar una o cien, a fin de cuentas, sería un engaño más.

Y es que ¿para que cambiar lo que nos hace sentir tan bien? No podemos ser para dejar de estar y, si algo he aprendido en estos años de vida, es que el ser va en decremento, cuando aprendes a estar en el lugar correcto, con la persona correcta y en la ilusión adecuada. Salve toda distancia con la perfección, lo que debemos encontrar es ese pequeño gran teatro en el que solo tengamos que actuar por una grande y magnífica ocasión.

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No éramos cocodrilos

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Ni paños o entrepaños. No éramos historias que se cuentan de fácil manera. Vaya,  no éramos nada,  aunque –y sin embargo– nos entendimos del todo.

Salimos un día, voraces pero cautelosos. Permisivos en ciertas cosas pero prohibitivos de las demás. Nos clavamos las miradas y los incisivos hasta el alma, nos desnudamos de a poco, el uno al otro pero sin desvestirnos o bajar la guardia. Vaya,  quizá si éramos un poco como ellos,  como los cocodrilos.

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23. Sos una tormenta

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Atorrante en ocasiones, abrumante de siempre. Sos un viento que me arrebola, que me mueve. Sos la lluvia torrencial que envuelve cada pensamiento, que recorre cada parte de mi cuerpo. Sos la paz, sos el caos. Ocurres día, tarde, noche, ocurres durante todo el año, ocurres en toda mi vida. Sos una tormenta que me agita y me naufraga, para devorarme por completo, que me extravía junto con ella por siempre, por todo el tiempo. Sos una tormenta que un día sin avisar comenzó y que ya no termina, ni aunque lo pida el santo, ni aunque lo ruegue el pueblo. Sos una tormenta, con nombre, con apellido y consignatario. Sos una tormenta que acompaña mis pasos, mis sueños y, lo mejor, que me acompaña cada noche y cada que despierto. Sos una tormenta, y sos la mejor de las tormentas, porque cuando vos apareces, el sol me importa una nada, pues cuando vos apareces quiero encerrarme contigo para no hacer nada más, que lo que se debe hacer en días de tormenta y trueno.

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24. Micronesia

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  1. Eran las 4 de la tarde cuando la vi, aunque por desgracia, ella nunca me vio.
  2. El asalto a la razón fue todo un éxito, Marcela estaba loca.
  3. Creía en dos cosas, que al final resultaron ser la misma nada.
  4. Corrió tan rápido, que desapareció de su propia vista.
  5. No me llames Cielo, dijo. El infierno aguardó por él.
  6. El amor los encontró mientras se perdían en un hotel.
  7. Caos. Así se llamó la obra de su vida, aunque ustedes le conocen por Dios.
  8. El tiempo es nada cuando vuelas, no así cuando el tiempo vuela.
  9. Las drogas, como el amor: embellecen todo por momentos, en exceso, lo destruyen.
  10. Mira el ocaso. Si aún después de eso te sientes muy importante, que te mire un psicólogo.
  11. Hubo dos momentos en los que me atrapaste: “Hoy” y “Siempre”.
  12. Si algún día conozco la fama, ella no me reconocerá.
  13. Huye contigo, pero llévate conmigo.
  14. Café: el agua potable de los que aman a su cerebro.
  15. Hablando de cerebros, el mejor piropo que he escuchado es “amo tu cerebro”.
  16. Nos gusta matarnos de a poco. Con estudiadas dosis de placer y de alcohol.
  17. No profesamos religiones ni profesiones. Somos barcos a prueba de naufragio.
  18. Moción a favor de que te emociones.
  19. Una gambeta a la tristeza. Una media verónica a la depresión. Estocada al pasado y remate al dolor.
  20. ¡Calma todos, que estamos en pánico!
  21. Nada que un episodio no pueda arreglar.
  22. Burlarte de lo malo es bueno, mas no es bueno burlarte de todo lo malo.
  23. Juego con las palabras, porque nadie más juega con Migo.
  24. Migo era mi perico. Murió hace cinco Micronesias.
  25. Gracias le di, por todas sus gracias (que, por cierto, nunca me dieron gracia).
  26. La lluvia nunca me ha importado. Ni yo a ella, a todo esto.
  27. Yo no espero tener un hijo, más bien espero que él tenga en mí un padre.
  28. Sos lo que ha llenado este espacio en blanco.
  29. Hacernos daño, porque nos hace tanto bien.
  30. No soy sabio, pero sé de sabiduría.
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26. Yefrémov

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Viernes otra vez, llegas a la casa vestida solo con una sonrisa. Atraviesas el jardín de puntitas hasta llegar al recibidor donde miras fijamente al espejo. Te acomodas el cabello, te tocas los senos. Todo bien, todo perfecto, todo parte de un mismo acto que se repite cada semana mientras aguanto la respiración, callado, perplejo.

Caminas a grandes pasos, casi casi danzando. Tip top tap. Estás ya en la cocina y silbas la misma tonada, que sé que es de alguna canción que alguna vez cantaste. En ruso, en alemán o bien en un idioma que no existe ya. Sirves una taza de té de canela y otra más de jazmín. Siempre lo mismo, como cada semana y como siempre, llevas las dos a la sala. Los aromas de las tazas inundan los rincones; el perfume en tu cuello, inunda mis pulmones. Te sientas en el sofá, me sonríes una vez más, y me pides, como siempre que te cuente tu historia favorita. Esa historia que te cuento, donde te digo que vienes todos los días y no solamente una vez por semana. Esa donde te digo que existes y que no solo eres un fragmento de mi mente. Esa donde te digo que estamos en una casa, y que no estamos en el psiquiátrico. Pero a final de cuentas, termino relatándote (mejor), la otra, la que prefiero, porque en esa, cuando menos, aun existes y me visitas cada viernes.

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