54. El Hambre
15 Feb
Ocho de la noche, pelea estelar. Público sediento de golpes, sudor y sangre. Aparezco por el pasillo: vítores y mofas por igual, el respetable se divide en emociones. Guantes y botas en color dorado, pantaloncillo plateado. Cinto de campeón, bata con gorro que cubre medio rostro; subo al ring expectante de la pelea que está por acontecer.
Humeante calor invade el coliseo en su interior, veo las luces enfocadas en el pasillo opuesto al anterior. Yo soy el campeón welter de la división del amor, pero mis logros empequeñecen al aparecer de ese lado la bestia del deseo a quien en tres golpes puede llegar a noquear mi corazón.
Sales en medio de aplausos y gritos de júbilo, el sonido te presenta con algarabía y eso solo logra que el miedo y desconfianza crezcan en mi interior.
“Campeón de campeones” es la pelea de hoy, el título principal, el reinado completo. Emperador de golpes, dueño de los sentimientos. Ganar todo o perder todo. No hay más, el hambre por el triunfo o la hambruna de la derrota. Esta noche se decide al fin.
Suena la campana, el mundo enloquece.
Uno, dos. Directo al pecho.
Tres, cuatro. El rostro recibe.
Cinco, seis. La quijada, la sien.
Siete. Golpe bajo.
Ocho, nueve, diez. Costilla derecha, esternón, hígado.
Directo al suelo. Ni un round he durado. Al menos más de tres golpes he soportado.
Conteo regresivo. El réferi no se inmuta al verme en rictus de dolor, sabe que no hay forma a recuperarme de tu amor.
Te miro victoriosa, sonriente a sabiendas que soy el perdedor de esta justa, que debo inclinarme y reconocerte como la diosa que eres, como el humilde servidor que soy. Sonrío y me pierdo en el hambre de querer alzar los brazos con tu título de campeón. Me castigo en silencio mientras muero por besarte a oscuras -cuando ante el público de la arena no puedo hacerlo pues es imposible hacer público este sentimiento o la gente sospecharía de un arreglo en el campeonato de la pasión, nadie debe saber lo que este púgil siente por vos-.
Me trago mi cariño, mi deseo, mi pasión, me trago los besos, caricias, abrazos y palabras que quiero darte, decirte y escribirte cuando no estamos solos encerrados en nuestro ring, nuestro lecho, nuestra habitación.
Me trago todo eso y aun sigo con hambre de ti.
Me trago el orgullo y mi vida entera para vivir en el sueño de un quizá. Me trago mentiras y vivencias para estar contigo unos rounds, unas peleas, unos minutos, horas o días permutados en un tal vez.
Pero el hambre no cesa, no descansa y sin importar cuánto me consume por dentro no para de pedir más y más de ti.
Me retiro derrotado a mi vestidor donde me espera mi realidad, de campeón imbatido y victorioso de mil peleas excepto la tuya, donde siempre salgo perdiendo a pesar de que durante cada pelea, al terminar adolorido, consigo una sonrisa en mi rostro que me recuerda el hambre que me provocas y que siempre logro mitigarla con las migajas que consigo arrancarte a pequeñas mordidas.
Bala perdida me apodan. Campeón me llaman. Aplausos y reverencias. Saludos impacientes, sonrisas halagüeñas. Firmo autógrafos mientras mi piel me recuerda que tengo hambre de nuevo, de sentirte entre mis brazos, de tener tu cabeza en mi pecho de acariciar tu cabello y de pelear otra vez más. De llenarme de ti a besos. De saciarme de ti como en buffet, para irme a mi camerino por millonésima vez, lejos de ti… y sí, sentir en el camino esa hambre que no me dejar pensar en otra cosa que no sea en ti. Diosa, musa, diva, campeona.

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