45. Martin Scorsese
3 Nov
Llegaste por la tarde de un frío invierno. Entraste como reina sin pajes, tiritando por culpa aquella borrasca inclemente, pero bella. Tomamos una película del estante: curiosa obra de arte, sencilla e hilarante, tan pura y bella que no necesitaba efectos especiales, de esos que cuestan miles de millones; La edad de la inocencia inició al tiempo que nos sentamos en el sofá. Te serví un poco de chocolate caliente acompañado de pequeños malvaviscos que preparé justo antes de que estuvieses por llegar. Nos tapamos con la frazada de cuadros rojos y blancos que compramos en España mientras paseábamos por el barrio de Vicálvaro durante el estío del año pasado. El departamento es cálido en su interior y el piso de duela lo hace mucho más acogedor. Reímos con la película a la vez que las tazas se vaciaban y de nueva cuenta se llenaban. Las manos se encontraban debajo de la frazada. Nos abrazamos encontrando el confort en la mutua cercanía en tanto que la luz del exterior poco a poco se extinguía escuchamos una leve lluvia que la sustituía. Te recostaste sobre mis piernas y sonriendo, acariciaba tu suave cabello. Jugaba a enredarlo entre mis dedos. Y así, mientras Newland Archer se debatía entre May Welland y la condesa Olenska tu cerrabas los ojos victima de mis manos y sus tersas caricias. Apagué el televisor y en brazos te llevé hasta la habitación. Dormías con una sonrisa dibujada en el labio inferior. Te arropé entre sábanas, cobijas y un grueso edredón, te envolví entre mis brazos disfrutando nuestro calor. Besé tus parpados cerrados con suave devoción, uno más en la nariz y otros dos en las mejillas para rematar. Afuera el frío invierno, adentro el verano emanaba de nuestros cuerpos. Dormimos abrazados pensando en no despertar, queriendo que el sol no saliera en unos meses más. Divertidos, nuestros sueños jugaron entre ellos. Yo soñaba despierto robándole al tiempo minutos a tu lado, estaba yo embobado. Tú soñabas cautiva en la felicidad de la modorra profunda que te hace viajar por mundos miles, irreales. Dormimos juntos cuando sólo veríamos una película que nos transportase a 1870 pero acabamos en la cama justo antes de que los grillos comenzasen su concierto nocturnino. La mañana llegó, infalible y presente a través de la ventana con el primer rayo del sol llegado desde el oriente. No estabas en la cama, pero un olor a café recién preparado me decía que sí, que toda la noche te habías quedado. Desayunamos. En la televisión se proyectaba Il mio viaggio in Italia y fue curioso pues dormimos con Martin y despertamos con Scorsese. Limpiamos la mesa y lavando los platos al terminar, besos y abrazos se repartían sin chistar. Nos bañamos rapidito, con agua tibia y dejamos el lugar para salir a pasear. Recorrimos felices las calles mirando los detalles en los que nadie más se podría fijar. En Mazarik compramos bufandas, porque las nuestras, en el sofá se quedaron olvidadas. Detuvimos nuestro paseo por la gran ciudad y el resto de la día nos quedamos en un pequeño restaurant de Francisco I. Madero con vista sin igual al Palacio de Iturbide.
Jugamos a inventar palabras que no existen, y las escribimos en una pequeña libreta, riendo del sinsentido sin notar el paso del tiempo si no hasta que hora de acompañarte hasta tu casa llegó. Vaya invierno singular es uno para nunca olvidar.

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