"

009. Versículo de un adiós

24 Oct

Versículo de un Adiós

24/03/2009

Y perdí mi mente en el fondo de aquel botellón de alcohol sin sabor que raspó mi interior revolcándose en este podrido dolor.

El arrabal parecía un carnaval hiriente de personas deambulando con pesares por la frente. Con lujuria fingida las pobres mujeres paseaban sus carnes purulentas, que servían de placebo a los comensales malvivientes. Y así, entre trago y trago, evaporándome en alcohol, vi tu cara brillando, cual pepita de oro enterrada en el fango.
Notaste mi mirada y con andar sugerente venías a darme encuentro, lo cual emocionaba a mi atosigado corazón.

Valeria.

Así me juraste que te llamabas, aunque aun no lo quiero creer. Tu porte de reina caída en gracia obligada a servir como esclava indicaba otra verdad. Me ofreciste cigarros. Te ofrecí una copa dama. Whisky, Cognac. Bourbon. Lo que pidieses lo pagaba con tal de no desprenderme de tu presencia que engalanaba este muladar que si entrabas sobrio te asqueaba sin chistar.

El corazón de un borracho se entrega sin saber, en premura, en inocencia, en una palabra vacía o completa o bien, simplemente por las ganas de coger. Te pedí compañía. Te rogué, supliqué, incluso te insulté. Arrojé unos cuantos miles de pesos a tu cara reclamándote amor mentiroso, placer vano, tiempo perdido y culpas enteras. Tu mirada me insultaba, me helaba, me hizo llorar. Pedí disculpas escudándome y culpando al alcohol. Seguro no tenías nada mejor que hacer, pues decidiste quedarte y platicarme de trivialidades mundanas, de noticias viejas, de un guión de una vida que te habías contado un ciento y tres veces, pero que al salir de tu boca tu misma te desconcertabas. Escupías mentiras cual letras una imprenta, pero no importaba, yo ya no bebía, simplemente me emborrachaba de ti.

Rasgabas mi piel con tu mirada, me desnudabas hasta el alma. Por cada momento de tu falsa vida, yo contaba tres momentos reales de la mía. Eras mi biógrafa, mi confesora, mi atenta escucha a la cual pagaba por copa, por hora; el tiempo voló y tu turno terminó. Te paraste de la mesa dejándome con el sonido de un adiós en mis labios que no se alcanzó a volver sonoro.

Te vi atravesar la puerta de la cocina mientras te ponías encima una mal roída chamarra más vieja que mi tía Leticia. Me levanté dando tumbos, dejando unos billetes sobre mi mesa, arrastré mis pies y con ellos mi aturdido cuerpo. Alcancé mi sombrero y tomé de mi saco unos cigarros que pude alcanzar a pescar. Mis dedos confundidos prendieron el cigarro que de mi boca se desprendió cayendo al suelo de ese chiquero del cuál quería salir para alcanzarte, pero un cigarro es un cigarro chingada madre. Me arrodillé para ver bien y examinar con cautela, pues mi vista no es de campeonato si el alcohol me tiene idiotizado. Y allí estaba, prendido un poco, humeante un mucho. El suelo estaba húmedo, por lo tanto hacía lo mismo con mi tabaco. Agua, saliva, licor, no lo quiero ni pensar. Lo levanté y así lo metí a mi boca, inhalé ese nocivo alquitrán que me espabiló y dio fuerzas para avanzar.

Afuera, en la calle, la luz parecía un lujo que nadie en el vecindario se dignaba pagar. La oscuridad era sucia, maloliente y pesada. Gente oculta en sombras, sonidos de un infierno personal que ni Dante podría llegar a imaginar. Los círculos del infierno para nada son tan depresivos como la imagen ante a mí se acaba de mostrar. Niños dormidos en la calle, semidesnudos, mientras sus madres de pie intercambian miserias a cambio de insulsos placeres que solo pueden otorgar para permitirse el pan del día tragar. Borrachos como yo, caminando como muertos en vida en un laberinto del cual no encontrarán entrada ni salida. Animales muertos, basura podrida. Agua encharcada, casas derruidas. Este lugar parece tan distante del mundo con sol, cielo despejado y mar aullante. No, esta parte del planeta nació así. Un Dios encabronado la escupió con odio y la dejó atrás como algo que un perro ha meado. Pero bien decía mi Abuela, hasta en lo más oscuro algo siempre brilla. Allí estabas cruzando la avenida sin luces, perseguida por el sonido de tus distantes tacones. Temerosa, paranoica, cautelosa tal vez, girabas la cabeza con cada paso.

Valeria.

Grité, y no sé si me alcanzaste a reconocer, pero te detuviste y esperaste a que con cierta torpeza llegase a tu lado. Allí, sonriente, con olor a antro y cigarro, me saludaste y sin decir más, hice de escolta en tu traslado.

De pronto, la oscura calle, llena de inmundicias y pecado, parecía lejana, perdida en pesadillas de años pasados. La luna apareció, brillante como nunca, me sentía un hombre nuevo, creí tener confianza y rehacerme mi vida. Me imaginé dejando esta autodestrucción paulatina que me he venido otorgando, teniendo casa, hijos y a ti como esposa, amante, amiga y apoyo a mi lado. Sonreía en mi mente, y mi corazón también. Ese corazón penoso que había olvidado de poseer, tanto así que en esos momentos al latir tan fuerte me espanté. Fui feliz por las tres calles que pasamos caminando. Y cuando estaba decidido a decir algo que nos comprometiese a ser más que unos peatones que comparten vereda, lo sentí.

Frío.
Intenso.

Una navaja perforó mi pulmón izquierdo. Caí de rodillas sin emitir sonido, aun con el frio acero clavado al costado, ganándome el peso y cayendo sobre mi espalda, doblado en inerte dolor. Una dura y certera patada en la cara reventó mi boca, nariz y el poco orgullo que había hasta ese momento atesorado. Y aun semi inconsciente por el dolor, sentí pavor por lo que harían de ti esos patanes, y traté de incorporarme solo para ver con terror como levantabas con odio una piedra. Alcancé a sentir tres golpes en la frente antes de perder el conocimiento, mientras parecía escuchar entre sueños que gritabas “en el saco trae el dinero”.

Cuatro días me dijo la enfermera que tardé en volver del coma. Mi cerebro se apagó con los golpes que me diste, pero eso no es nada comparado a la herida mortal que acertaste en mis sueños, ilusiones y en un anhelo de amor.

“Su pulmón izquierdo no volverá a funcionar igual”. Dijo el doctor. “Y bueno, otra mala noticia, mientras intentábamos salvarle descubrimos una peculiar coloración en el. Tiene cáncer, en un estado más allá de cualquier tratamiento o curación”. Joder, si en menos de un día me saqué el premio mayor en la lotería de lo peor. Un póker de mierda, un tremendo autogol.

Dos meses me quedan. Y pues qué más da. Los viviré encadenado a ese rancio alcohol, visitando los peores lugares a la espera de volver a encontrarte. Pero no por odio ni por venganza. Solo quiero verte y darte las gracias por haberme regalado un paseo que iluminó por unos momentos mi amargo destino.

Gracias Valeria, mi adorada y cabrona embustera.

No comments yet

Leave a Reply

FireStats icon Powered by FireStats