"

008. Charlas y memorias de un amor inexistente

24 Oct

Charlas y memorias de un amor inexistente.

23/03/2009

Personajes:

Eleonor

León

Decoración:

Un pequeño café la calle Mier y Terán del centro histórico de San Luis Potosí. Se muestran muebles rústicos y un piano de cola ubicado sobre un tapanco, sirve de fondo visual y musical.

Eleonor-

Sé muy bien que aun me amas.

León-

Pero eso ya lo sabías desde antes de que aceptases venir por un café.

Eleonor-

(Sonríe, pestañea de forma lenta, sugerente mientras bebe un sorbo)

León-

Estoy pensando en Kolkata.

Eleonor-

¿Otra vez pensando en el Darjeeling Mail, cariño?

León-

Bueno, no puedes culparme, siempre que estamos juntos a solas llegan a mi mente todas las memorias de ese viaje increíble que compartimos hace años. Nuestros primeros seis días.

Recuerdo entrar a mi compartimento y verte allí dentro con la cabeza asomada afuera de la ventana disfrutando el paisaje.

Y fue en ese mismo instante, que me enamoré de ti mientras aun estaba parado en la entrada, viendo tu cabello jugar con el viento.

¡Bendita sea la ineptitud de la agencia de viajes que nos juntó por error en un compartimento que debería ser para una sola persona!

Eleonor-

Fue el destino, aunque en ese momento no lo supimos. Pero vaya que aprovechamos bien.

Recuerdo de ese instante, cuando descubrí tu presencia en el compartimento, algo me atrapó. Tu aroma, sí, eso fue.

Impregnabas el aire con un aroma fresco, que invitaba a no desprenderse de tu presencia ni por un instante.

León-

Los primeros minutos, ¡Dios!

Nunca paso por mi mente que los dos fuésemos de México.

Nuestras primeras frases las intercambiamos en inglés británico y un indio muy pobre.

Mi explicación de por qué ambos habíamos terminado en un mismo compartimiento ha de haber sido irrisoria y seguro mi cara mostraba signos de vergüenza y confusión.

Gracias al cielo por el terreno y el mal estado de las vías que provocó un trepidante vaivén y con eso, el bamboleo que te hizo perder el equilibrio para al final ser atrapada por mí.

Fue un momento increíble que me hizo quedar prendado a ti.

Te atrapé y te sostuve de la cintura para evitar que tropezaras y así, sintiéndote tan cerca, te mire y te vi tan bella, tan única que balbuceé, mis labios temblaron y todo lo que pude hacer fue sonreírte.

Y sonreímos.

Y me aparté, apenado y a la vez tan alegre, haciendo una reverencia con la cabeza, me disculpé y salí del compartimiento con un nido de ideas y palabras y cosas que debí haber pensado, hecho, dicho pero que no tuvieron el valor de asomarse a la realidad en aquel momento.

Eleonor-

Me ruboricé en ese momento, pero fue tan lindo sentirte firme, y tan atento que no lo pensé dos veces…

León-

Y saliste a mi encuentro, sí.

Apenas salí del compartimento, fui directo al carro comedor. Necesitaba serenarme y beber un café, o quizás, algo con alcohol.

Eleonor-

“Excuse me Sir, you forgot your wallet”

León-

¡Exacto! Había dejado la cartera y tú la usaste como excusa, aunque en mi inocencia, no lo comprendí en ese instante.

Eleonor-

¡Ja, ja! No fue excusa, tonto. Simplemente… No quería que perdieras tus preciados documentos.

Acaso, ¿me creíste capaz de inventar una barbaridad como esa, sólo para acercarme a ti?

León-

Pues es que no necesitaba la cartera con urgencia, bien podría regresar al compartimento si la necesitaba.

Eleonor-

Bueno, lo acepto, quería seguir a tu lado pues quedé prendida de tu mirada. Pero que esta confesión no se te suba a la cabeza, corazón.

León-

Al estar de nuevo a tu lado y rozar tu mano con la mía al tomar la cartera supe que todo lo que quería en ese viaje de seis días en tren era estar a tu lado sin desperdiciar un solo minuto, aunque mi vergüenza quería alejar mi mirada de la tuya, pero algo pasó…

Eleonor-

Sonreímos bobamente, eso pasó, nos pusimos nerviosos como dos adolescentes.

Caminamos juntos por el pasillo, yo tomada por tu brazo. Parecías pavorreal, orgulloso, feliz. Seguro yo lucía igual, pero mil veces con más gracia y el doble de belleza.

Nos sentamos en una mesa del carro comedor, donde te invité un poco de helado a cambio de tu nombre y una larga charla en compensación.

León-

Cierto. Era de vainilla bañado por mermelada de chabacano.

Fue un desastre o un acierto, pues en la cocina solo alcanzaba para una ración, la cual caballerosamente lo cedí para tu disfrute, mientras me conformaba acompañando nuestro improvisado almuerzo con una crepe suzette.

Eleonor-

La crepe era un desastre al paladar, así que “damosamente” te ofrecí de mi helado que parecía haber sido elaborado en el mismo cielo.

León-

Al final acabamos convidándonos uno al otro con la punta de nuestros dedos. Jugando, te puse un poco en la nariz y tú me hiciste un bigote ficticio con el helado.

Los demás pasajeros nos miraban feo, ¡amargados, todos ellos!

Fue en ese momento cuando en un arranque inusitado de alegría lamí un poco del helado que tenías en tu nariz.

Y reíste mientras entre carcajadas soltaste un sonoro “ay, toooonto”.

Y se hizo un silencio entre los dos.

Eleonor-

Con cara de confusión preguntaste “Espera, ¿hablas español?”

León-

Como olvidarlo. Debimos parecer locos atacados de risa.

Nuestra sorpresa fue mayor al enterarnos que veníamos del mismo país.

Eleonor-

“¡No puedo creer que seas de México también!”

Y conociéndonos, las horas volaron, convirtiéndonos en un rato en dos amigos íntimos que se conocían de años.

León-

Borrachos de alegría regresamos al compartimiento, y sin pensarlo, actuando por instinto por vez primera en mi vida entera, te senté en la mesa junto a la ventana.

Eleonor-

“Posa para mí, quiero por siempre recordarte”, me decías mientras acariciabas mi cabello.

León-

Hurgue mi mochila y de ella saque una pequeña libreta, la primera que te dediqué y que en años posteriores con dibujos y poemas atiborré.

Con un lápiz viejo y desgastado, con mordidas que mostraban noches en vela sin el auxilio de una musa, comencé a dibujar tu silueta viéndote de nuevo, pero con otros ojos y por tercera vez en el mismo día, descubrir tu magia poderosa que habían traído calma a este pobre corazón atormentado.

Eleonor-

Nunca podré olvidarlo.

En ese momento me sentía la persona más importante en todo el mundo. Parecía que el mundo se hubiese detenido y de repente, éramos tú, yo y nada más.

León-

Y la luna. ¿La recuerdas?

El cielo adornado con estrellas y la luna como su reina, se mostraba allí, sonreía al vernos, con brillo refulgente.

Eleonor-

E iluminaba tu sonrisa.

León-

Y de pronto me perdí en tus ojos mientras nos disfrutábamos con la mera compañía.

Así a media noche, pedimos Gin-tonic, encendimos el viejo radio que en el compartimiento se hallaba y la música que de allí salió se convirtió en una cómplice y serafina perfecta.

Joe Dassin, Maria Callas y Peter Sarstedt calentaban unos corazones que ya de por sí ardían en emociones.

Eleonor-

¿Recuerdas el abrazo que le sucedió a aquello? Ambos, junto a la ventana, mirando un vacío que pintaba nuestros deseos en colores miles y sentimientos en pleno

León-

Y sin pensarlo, (pues mi cuerpo actuaba solo ya), bajé el tirante derecho de tu blusa y comencé a besar esa parte que une el cuello con el hombro, disfrutando el sabor y el aroma enervante que otorgaba tu piel.

Eleonor-

Y eso me hizo estremecer de extremo a extremo mientras dejaba que te apoderaras de mi mente, suplantando mis pensamientos con tus deseos.

León-

¿Recuerdas la canción que sonaba en ese momento?

Eleonor-

Et L’amour, o fais-moi de l’électricité…. no, espera. Era “where do you go to” de Sarstedt. Magia instantánea.

León-

“Your loveliness goes on and on, yes it does…”, en esa parte de la canción, enlazados en un beso, desabotonaste mi camisa.

Eleonor-

Sí, fue una sincronía perfecta, y también algo inevitable.

León-

Te tomé firmemente de tu cintura mientras me despojabas de la camisa y en ese instante de locura pasional la aventaste sin pensar a donde, lo cual hizo que esta saliese volando por la ventana.

Eleonor-

¡Sí! Eso lo cambió todo.

León-

Nos miramos al ver como desaparecía en la negra noche y reímos. Aunque ahora te confieso que sí me dolió perderla.

Mi hermano me la había regalado y significaba mucho para mí, y bien para no mostrar una cara que no tendría con él, tuve que comprar una igual

Eleonor-

Lo siento, mi amor. En ese momento te sugerí lanzarme por la ventana para rescatarla. Por un momento pensé que tomabas en serio mi palabra, pero al final me detuviste.

León-

Ese incidente de la camisa voladora, mato la pasión y el mood que teníamos se apagó.

Pero en verdad eso fue bueno, pues creo que si esa misma noche hubiéramos acabado teniendo relaciones, los otros días de viaje hubiesen sido raros, o bien, solo de sexo.

Eleonor-

Pero no. Sencillamente fue perfecto. No solo esa noche si no el viaje entero. El tercer día fue simplemente lo mejor.

León-

¡Cierto! Ese día compramos henna a un niño que subió a ofrecer cosas.

Y pinté sobre tu cuerpo.

Y tú sobre el mío.

Y nos vimos desnudos por primera vez, de una forma que pareciese algo que era tan místico como erótico.

Eleonor-

Simplemente nos dejamos llevar y nuestros cuerpos hablaron en nuestros mismos cuerpos.

León-

Pero al final, los seis días volaron. Y en la estación al bajarnos nos prometimos “Encontrémonos de nuevo, en este mismo tren dentro de dos años. El reencuentro, si se da, será algo increíble”

Y tuve miedo de no verte jamás.

Eleonor-

Y los dos años pasaron con una velocidad impresionante.

León-

Intente conocer a otras personas, olvidarte un poco, pero simplemente no podía, pues ninguna me despertaba ni aunque les costase una vida, lo que en pocos días lograste tú.

Eleonor-

Y yo sólo quería verte de nuevo. Quería volver a percibir tu aroma. Quería perderme en tu mirada, quería sentirme en tus brazos.

Quería estremecerme con tus labios en mi cuello.

León-

Yo me atormentaba preguntándome “¿y si no aparece? ¡Nunca voy a encontrar a alguien como ella!”

Eleonor-

Pero aparecimos en el momento adecuado una vez más.

Tu piel dorada fue lo primero que noté al verte, te veías tan sereno y atractivo como te recordaba.

León-

Pero esta vez fue diferente, notaba que faltaba brillo en tu mirada.

“Lo siento, no puedo ir”, me dijiste mientras te tomabas del vientre.

“Estoy embarazada

Eleonor-

Me sentí morir cuando te lo dije.

León-

Mi mundo se derrumbó.

Eleonor-

León. Lo llamé así por ti.

León-

Lo nuestro fue único. No tenía que terminar así. ¿Que hay de nuestro final feliz? ¿Acaso no era algo mágico lo que tuvimos?

Eleonor-

Cada día.

León-

Cada hora

Eleonor-

Con cada abrazo y cada beso.

Con cada mirada. Con cada parte de ti.

León-

Con sentir tu piel.

Con mirarte sonreír.

Con sentirte estremecer.

Deja a ese hombre al cual no amas. Recuperemos lo que merecemos.

Eleonor-

Llevamos cinco años juntándonos en esta fecha, en esta mesa, de este mismo café, y ya sabes mi respuesta.

León-

Pero me haces tanta falta, mi vida es un vacío desde que te conocí y te perdí.

Eleonor-

¿Dejarías a tu esposa? ¿A tu hija?

León-

El próximo año quizás.

Eleonor-

Sí. Quizás.

- Eleonor y León terminan su café, mientras baja el telón.

No comments yet

Leave a Reply

FireStats icon Powered by FireStats